
«El Océano», respondió el viejo pez, «es donde estás ahora mismo».
«¿Esto? Pero si esto no es más que agua... lo que yo busco es el Océano», replicó el pececito, totalmente decepcionado, mientras se marchaba nadando a buscar en otra parte.
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Me dijo: He estado buscando a Dios durante años. Dejé mi casa y he estado buscándolo en todas las partes donde Él mismo ha dicho que está: en lo alto de los montes, en el centro del desierto, en el silencio y en las chozas de los pobres. Pero no lo he encontrado.
¿Qué podía responderle?
El sol poniente inundaba la habitación con sus rayos de luz dorada.
Centenares de gorriones gorjeaban felices en el exterior, sobre las ramas de una higuera cercana.
Un mosquito zumbaba cerca de su oreja, avisando que estaba a punto de atacar...
Y sin embargo, aquel buen hombre podía sentarse allí y decir que no había encontrado a Dios, que aún estaba buscándolo.
Al cabo de un rato, decepcionado, salió de la habitación y se fue a buscar a otra parte.
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Deja de buscar, pececito. No hay nada que buscar. Sólo tienes que estar tranquilo, abrir tus ojos y mirar. No puedes dejar de verlo.
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