Permíteme, Señor, que me ponga al pie de la Cruz para acompañarte, perdón; perdón porque cargas con mis pecados que no son los tuyos, perdón porque mi iniquidad y mi miseria te han conducido hacia la muerte y el silencio del sepulcro.
¡Señor, perdón!
Perdón porque en este día te quedaste solo, abandonado de todos y yo el primero, incluso sentiste que Dios Padre te había dejado solo, pero Tú me demuestras, Señor, la confianza ciega que tienes en el Padre, Tú me demuestras, oh Cristo, como encomiendas tus manos y tu espíritu en la voluntad del Padre.
Señor, miro tu rostro magullado, reclinada la cabeza a causa de mi miseria pero comprendo que es Dios quien la sostiene para elevarla a la gloria, me doy cuenta, Señor, las veces que te desagravio, que te crucifico cada día pero quiero aliviarte con mi amor como hicieron María, Juan y la Magdalena.
Quiero seguir tu ejemplo, Cristo mío, quiero seguir tus huellas, quiero, oh Cristo, que mi sangre se mezcle con la que tú derramaste desde la Santa Cruz, por eso le pido al Espíritu Santo que me capacite para el amor, para seguirte siempre, para imitarte siempre, para vivir como Tú nos has enseñado, para ponerme siempre en manos del Padre Creador.
Hazme entender que el dolor y el sufrimiento no son cosas estériles sino que me unen más a Ti cada día.
Y te pido en este día por la humanidad entera, por mi familia y mis amigos, por la Iglesia, por tu pueblo santo, por la unidad de los cristianos, por los que no creen, por los gobernantes, por los enfermos, por los atribulados.
Escucha la voz de mi oración, por tu amor, Señor.
Amén
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