lunes, 27 de septiembre de 2021

Oración por las personas que más necesitan de una oración

 


Gracias, Señor Amado, por un día más.

Te pido, en este día, por las personas que más necesitan de una oración, de una palabra de aliento, de un abrazo sincero...

Te pido, Jesús mío: por las personas que se sienten solas, por todos aquellos que han sido abandonados por quiénes más confiaban, por todos los enfermos, por los huérfanos, por los ancianos; y sobre todo por aquellos que no te tienen en su corazón.

Amén.

lunes, 23 de agosto de 2021

CONFIAR

Un día le pidió a Dios:

"Enséñame a vivir.
A atravesar el mar del amor y el río del miedo.
A caminar por el filo del dolor.
Y a no olvidar disfrutar el valle de la pasión y la alegría.
Enséñame a soportar las noches oscuras.
Y a bailar de felicidad en los días de sol".

Dios lo miró.
Y sólo le dijo una palabra.
Una.
Que era la respuesta a todo.

"Confía".

Un momento de silencio, de paz para conversar contigo

 


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           *🙏🏻OREMOS*

🕊 Señor, al terminar este día, busco un momento de silencio, de paz para conversar contigo.

Tu me conoces bien, ayúdame a descubrir tu camino, a descubrir tu amor en medio de todo el temor que hay en este momento en todo el mundo, porque el amor echa fuera el temor.

Enséñame a ser humilde y perseverante, para que con la confianza puesta en ti, sepa todos los días volver a empezar, mirar cada día la luz de tu Palabra y ponerla en práctica.

Que no me venza el cansancio, ayúdame a ser humilde y paciente, sencillo y generoso con los más necesitados en esta cuarentena, muéstrame Señor tu camino.

Con la confianza puesta en ti termino mi día, guía mis pasos y dame la bendición de descansar con la certeza que tu nunca me dejas solo.
Hoy te pedimos por todos los enfermos por el coronavirus, por todo el personal médico, de enfermería y otros en los hospitales y clínicas del mundo. Por provisión y tranquilidad para todos los que están pasando por enfermedad.

Señor, creemos en ti, auméntanos la fe.

*🌸🍃🌸🙏🏻¡Amén!🌸🍃🌸🙏🏻*

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    DIOS  TE BENDIGA      😇
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lunes, 21 de junio de 2021

Sugerencias para los devocionales

 

  1. Escoja una hora y un lugar consistente. Bien sea al desayunar alrededor de la mesa o en el cuarto antes de acostarse. La mejor forma de ser consistente es escoger una hora y un lugar fijo. Decida cuál es la mejor hora para usted y no se preocupe si no lo puede hacer todos los días.
  2. Tome unos minutos para orar. Háblele a Dios de las necesidades de su familia… de la iglesia… del mundo… de sus amigos… de aquellos que necesitan encontrar a Cristo... de su lugar de trabajo... de su colegio... etc.
  3. Sea usted mismo. Está permitido reírse. El bullicio es permitido en los devocionales y lo más seguro es que así sea. 

“Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.” Deuteronomio 6:5-7

50 días de amor




“Pero el fruto del Espíritu es amor.” Gálatas 5: 22

Las acciones de amor usualmente se hacen en secreto, fuera del ojo público. Rara vez las ves publicadas en los periódicos o las noticias. Los periódicos no publican tu crecimiento en amor el cual lo produce el Espíritu de Dios en tu vida o la mía. Nadie sabe del amor que le demuestras a tu esposa, hijos, vecinos, amigos o un completo extraño en la estación de gasolina o un restaurante. Pero Dios si lo ve, El ve el fluir del amor en nuestras vidas cuando le permitimos al Espíritu de Dios tener el control de nuestras vidas y que nos haga una persona amorosa.

Yo mismo no me puedo convertir una persona amorosa. No importa que tanto trate, no puedo responder consistentemente en amor hacia otros. Puedo poner una sonrisa en mi cara, decir algunas palabras alentadoras, pero el amor solo fluye de mi corazón cuando soy cambiado por el poder del Espíritu Santo y me entrego a hacer lo que dice la Biblia. Solamente el Espíritu y la Palabra pueden cambiar mi corazón egoísta en un corazón de amor.

No puedo por mi mismo ser una persona amorosa a no ser que este completamente siendo guiado por el Espíritu. Tengo que dejar que el Espíritu me guíe y tenga control de mi vida cada minuto y cada día. Le invito a que pase los próximos 50 Días con las siguientes devociones en su Biblia. Le sugerimos que escriba sus pensamientos, lo que Dios le revela a través de su lectura y tiempo con El, y reflexiones en los versículos que debe leer. Le garantizo que al final de estos 50 Días será una persona más amorosa. Como nos dice Pablo: "Hagan del amor la meta mayor.”



sábado, 22 de mayo de 2021

Los gemidos de nuestro corazón


A veces las palabras no son suficientes. Cuando nace un niño, es difícil expresar con palabras la alegría que produce el milagro de una nueva vida que llega al mundo. Cuando perdemos a un ser querido, las palabras no logran transmitir la profundidad de nuestro dolor. A menudo, la belleza de la creación es tan abrumadora que nuestra única respuesta es una reverencia silenciosa. En esos momentos, las palabras no logran expresar la profundidad de nuestras emociones.

Lo mismo ocurre en nuestra relación con Dios. No sólo tenemos dificultades para encontrar palabras que expresen la profundidad de nuestra necesidad de Dios, sino que también nos encontramos a menudo con problemas de palabras cuando hablamos con Dios. Afortunadamente, tenemos ayuda. Fíjate en lo que dice Pablo a los creyentes de Roma:

Sabemos que toda la creación ha estado gimiendo como con dolores de parto hasta el momento presente. Y no sólo eso, sino que nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente esperando con ansia nuestra adopción como hijos, la redención de nuestros cuerpos. Romanos 8:22-23

Del mismo modo, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. No sabemos por qué debemos orar, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos sin palabras. Y el que escudriña nuestros corazones conoce la mente del Espíritu, porque el Espíritu intercede por el pueblo de Dios de acuerdo con la voluntad de Dios. Romanos 8:26-27

Nuestra necesidad de Dios es tan grande que gemimos por dentro por él. Las palabras no pueden expresar cuánto necesitamos la redención que se encuentra en Jesucristo. Necesitamos que el Espíritu Santo interceda por nosotros. Y esa es una de las razones por las que celebramos Pentecostés. Fue el día en que el Espíritu Santo dio poder a los discípulos, lanzó la iglesia y comenzó la misión de la iglesia en el mundo. Con signos y maravillas espectaculares, Pentecostés reveló el deseo de Dios de habitar en los corazones de su pueblo. Quiere vivir dentro de nosotros porque es ahí donde necesitamos ser curados, ahí es donde gemimos.

Lo sorprendente es que el Espíritu Santo entiende los gemidos de nuestro corazón. Él entiende las palabras que no podemos expresar. No sólo lo entiende, sino que toma nuestras oraciones sin palabras y las lleva al Padre en nuestro nombre. El Espíritu Santo gime con nosotros, expresando la profundidad de nuestra necesidad de Dios como sólo él puede hacerlo. Incluso cuando no sabemos cómo orar, el Espíritu Santo lo sabe, e intercede por nosotros. Debido a la humanidad de Jesucristo, Dios nos comprende completamente, y el Espíritu utiliza ese conocimiento para orar por nosotros perfectamente. Así, cuando nos dirigimos a Dios, nos dirigimos a un Padre que ya sabe lo que necesitamos y, a Jesucristo, nuestro hermano mayor que se identifica plenamente con nuestra experiencia humana.

Cuando nuestras palabras no son suficientes; cuando las palabras nos fallan, es bueno saber que Dios nunca lo hará. Él siempre está con nosotros y siempre nos comprende.

Soy Greg Williams, Hablando de Vida.

viernes, 14 de mayo de 2021

No hemos pescado nada

 


Desde que Tú te fuiste no hemos pescado nada.
Llevamos veinte siglos echando inútilmente
las redes de la vida, y entre sus mallas 
sólo pescamos el vacío.
Vamos quemando horas y el alma sigue seca.
Nos hemos vuelto estériles
 
lo mismo que una tierra 
cubierta de cemento.
¿Estaremos ya muertos? 
¿Desde hace cuántos años no nos hemos reído? 
¿Quién recuerda la última vez que amamos?

Y una tarde Tú vuelves y nos dices:
«Echa la red a tu derecha, 
atrévete de nuevo a confiar,
abre tu alma, 
saca del viejo cofre las nuevas ilusiones,
dale cuerda al corazón, 
levántate y camina».
Y lo hacemos sólo por darte gusto.
Y, de repente,
nuestras redes rebosan alegría, 
nos resucita el gozo
y es tanto el peso de amor que recogemos
que la red se nos rompe
cargada 
de esperanzas.

viernes, 19 de marzo de 2021

Los tiempos de caos y confusión

Dios desarrolla la verdadera paz dentro de nosotros, no al hacer que las cosas resulten como las planeamos, sino al permitir los tiempos de caos y confusión.



lunes, 8 de marzo de 2021

Por tu gran amor y fidelidad


Muchas gracias te quiero dar, Padre amado, por tu gran amor y fidelidad para con cada uno de nosotros. Gracias también por ser nuestro socorro y nuestro seguro refugio en medio de nuestros problemas y dificultades.

Hoy quiero presentar ante tí a todos los que formamos parte de este grupo  para pedirte que nos sigas cuidando, consolando, guiando, enseñando, protegiendo, como hasta ahora lo has hecho. Te quiero pedir, Padre, que, conforme a Tu voluntad y propósito, sanes a los que estén enfermos, des consuelo abundante a los que estén tristes, renueves las fuerzas de aquellos que se ven sin fuerzas, que envíes una palabra de aliento para cada uno. Yo no sé cual es la situación en la cual ahora están pero tú, precioso Señor, sí que lo sabes, y es por eso que te pido por todos los que estamos en este grupo y los deposito en tus manos, sabiendo que a su debido tiempo responderás.

Gracias te doy, Padre eterno, por habernos creado, por amarnos tantísimo, por el abundante consuelo que nos das cuando estamos tristes, por saber que para tí somos la niña de tus ojos, mi Señor, por ser nuestro refugio en los momentos de dificultad. Te alabo, Padre, te exalto y adoro porque no hay nadie como tú. Gracias por estar siempre atento escuchando nuestro clamor y nuestras peticiones.

Te lo pido todo en el precioso nombre de Jesús, dándote gracias, Amén !!!!

Fe como un grano de mostaza


La pobreza



TAN POBRE COMO ES LA MESA QUE CARECE DE PAN,
ASÍ LA VIDA MÁS EJEMPLAR  RESULTA VACÍA SI LE FALTA EL AMOR

La casa edificada sobre la roca - Descubre las 10 diferencias

¿Creó Dios el mal?


De principio parecería que si Dios creó todas las cosas, entonces el mal debe haber sido creado por Dios. Sin embargo, aquí tenemos una suposición que necesita ser aclarada. El mal no es una “cosa” como una roca o la electricidad. ¡No puedes tener una jarra de mal! Mas bien, el mal es algo que ocurre, como el correr. El mal no existe por sí mismo – realmente es la carencia en una cosa buena. Por ejemplo, los hoyos son reales, pero ellos solo existen en algo más. Llamamos a un hoyo la falta de tierra, pero no puede ser separado de la tierra. Cuando Dios hizo la creación, es verdad que todo lo que existía era bueno. Una de las cosas buenas que Dios hizo fueron criaturas con la libertad de elegir el bien. Para hacer una elección real, Dios tuvo que permitir algo más que el bien para elegir. Así que Dios permitió a estos seres libres, tanto ángeles como humanos, elegir entre el bien y la ausencia de éste (el mal). Cuando existe una mala relación entre dos cosas buenas, le llamamos “el mal”, pero eso no lo convierte en una “cosa” que haya requerido la creación de Dios.

Tal vez la siguiente ilustración nos ayude. Si le preguntara a una persona común “¿existe el frío?” – su respuesta sería que sí. Sin embargo, esto es incorrecto. El frío no existe. El frío es la ausencia de calor. Similarmente, la oscuridad no existe, ésta es la consecuencia de la falta de luz. Igualmente, el mal es la ausencia del bien, o mejor dicho, el mal es la ausencia de Dios. Dios no creó el mal, sino que más bien solo permitió la ausencia del bien.

Miremos el ejemplo de Job en los capítulos 1 y 2 del libro de Job. Satanás quería destruir a Job, y Dios le permitió a Satanás hacer lo que quisiera, excepto matar a Job. Dios permitió que esto sucediera para probarle a Satanás que Job era justo, porque amaba a Dios, y no porque Dios lo haya bendecido en gran manera. Dios es soberano y tiene control absoluto de cualquier cosa que sucede. Satanás no puede hacer nada, sin el “permiso” de Dios. Dios no creó el mal, pero Él lo permite. Si Dios no permitiera la posibilidad del mal, tanto ángeles como humanos servirían a Dios por obligación y no por decisión. Dios no quiso crear “robots” que simplemente hicieran lo que Él quería que hicieran mediante su “programación”. Dios permitió la posibilidad del mal, para que podamos tener genuinamente la libertad de elegir si queremos servirle o no.

Concluyentemente, no hay una respuesta a estas preguntas que podamos comprender plenamente. Nosotros como seres humanos finitos, jamás podremos entender a un Dios infinito (Romanos 11:33-34). Algunas veces pensamos que entendemos el por qué Dios está haciendo algo, solo para descubrir más tarde que era por diferentes propósitos de los que originalmente pensamos. Dios ve las cosas desde una perspectiva eterna. Nosotros miramos las cosas desde una perspectiva terrenal. ¿Por qué puso Dios al hombre en la tierra, sabiendo que Adán y Eva pecarían y traerían con ello el mal, la muerte y el sufrimiento para toda la raza humana? ¿Por qué Él no solamente nos creó y nos dejó en el Cielo donde seríamos perfectos y no tendríamos sufrimientos? La mejor respuesta que se me ocurre es que Dios no quería una raza de robots sin libre albedrío. Dios tuvo que permitir la posibilidad del mal para nosotros, para hacer una verdadera decisión de amar o no a Dios. Si nunca hubiéramos sufrido y experimentado el mal, ¿realmente apreciaríamos cuán maravilloso es el Cielo? Dios no creó el mal, pero Él lo permite. Si no lo hubiera permitido, estaríamos amando a Dios por obligación y no por la libre elección de nuestra voluntad, y el amor por obligación no es amor en realidad.

Felices los que habitan en tu casa y te alaban sin cesar



Felices los que habitan en tu casa y te alaban sin cesar. Salmo 84:5

Clásicos de comienzo de año


Hay clásicos que  vienen a  nuestra existencia periódicamente y  atraen  nuestra atención hacia sí con su llegada.
Así, por ejemplo, para los amantes del fútbol, el clásico es un partido, más bien varios al año, que esperan con emoción y da para largas tertulias y algún que otro sofoco.
La Navidad es también un clásico en nuestras vidas que todos los años viene para dirigir nuestra mirada a Belén y llenarnos el corazón de buenos propósitos.
Al iniciar el año, es un clásico hacer propósitos para el nuevo tiempo que comenzamos. No te será extraño escuchar cosas como: «Este año dejo de fumar» o «Esta vez sí que voy a empezar a correr todas las noches después del trabajo». Empezar a hacer deporte, adelgazar unos kilitos, dejar de fumar son algunos de los clásicos de principio de año. ¿No te parece poca cosa? No digo que esté mal proponerse cosas de esta naturaleza, pero ¿de verdad apuntamos alto con ellas? Dicho de otro modo, si al final del año hicieras un repaso de lo que ha sido para ti y comprobaras que has cumplido ese propósito de inicio de año, ¿bastaría eso para hacer de ese año un año memorable? ¿Quedaría indeleble en tu memoria como «el año que empecé a correr»? Parece que no.
Es bueno hacer propósitos, proyectar cosas para el año que comienza, pero apunta alto. No te quedes en cosas superficiales y secundarias. Ponte delante de Dios con sinceridad y piensa aquellos aspectos de tu vida, empezando por tu trato con Jesús, en los que durante este año que empiezas puedes mejorar. «El año en que tomé en serio la oración» ese sí es un buen título, mucho mejor que el de dejar de fumar o adelgazar. Un año así, en el que te decidieras a ir por caminos de amor de Dios, ese sí sería memorable. Piensa, proyecta, sueña qué va a ser este año que comienza; y apunta alto, muy alto, al cielo.

Los mejores propósitos



Una fuente de inspiración para tus propósitos de comienzo de año la puedes encontrar sin duda en la historia de la Navidad. Porque en Jesús naciendo como bebé humano contemplas el proyecto de Dios para la humanidad: el Hijo de  Dios, viene  para  salvarnos,  para  darnos  vida  verdadera  y  dárnosla  con abundancia. El gran proyecto de Dios pasa por una joven de Nazaret, una mujer sin nada que la distinga de las demás pero que a los ojos de Dios ha alcanzado gracia. A hace las cosas Dios: ha elegido el camino de la sencillez, de la humildad. No hace grandes anuncios ni ofrece actuaciones espectaculares. Fíjate en la familia de Nazaret, un pesebre con el niño acostado en él y los pastores que van a ver al niño que les han anunciado unos ángeles. ¿Quién se atrevería a decir que allí está el soberano del universo, el deseado de las naciones? Para aceptarlo hay que entrar en esa manera de hacer las cosas de Dios que es la dinámica de la encarnación. Si quieres que tus propósitos agraden al Señor y sean verdaderamente eficaces para hacerte avanzar en tu vida interior, no puedes olvidar el modo en que Dios realiza sus proyectos.

Piensa entonces qué puedes hacer para servir más y mejor a quienes te rodean. Aquellos propósitos que piensan en los demás y no solo en ti mismo son los que mira Dios con mejores ojos, y los que te harán avanzar más en tu vida interior.

¿Qué tenían de especial los magos para saber interpretar la estrella?


Hoy se pone en primer plano a unos misteriosos personajes, magos de Oriente, dice san Mateo en su evangelio. Tradicionalmente cifrados en tres, los magos, llegan a Jerusalén desde muy lejos. Allí preguntan: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo» (Mt 2, 2). En ellos puedes ver reflejado a cada hombre, a cada mujer, que a lo largo de la historia han buscado a Dios para hacer lo único que la criatura puede obrar ante Él: adorarlo. Pero ¿por qué se pusieron en marcha? ¿Y por qué solo ellos y no otros también? ¿Acaso la estrella solo fue una señal exclusiva para ellos? Estos hombres vieron una estrella que los puso en movimiento. El descubrimiento de algo inusual que sucedió en el cielo logró desencadenar un sinfín de acontecimientos. No era una estrella que brilló de manera exclusiva para ellos, ni tampoco tenían un ADN especial para descubrirla. Los magos no se pusieron en camino porque hubieran visto la estrella, sino que vieron la estrella porque se habían puesto en camino. Tenían el corazón abierto al horizonte y lograron ver lo que el cielo les mostraba porque había en ellos una inquietud que los empujaba: estaban abiertos a una novedad».

Apertura de mente y de corazón es algo indispensable en la búsqueda de Dios. Puedes verlo en los magos. Este es su secreto, lo que hizo que ellos se pusieran en marcha y dieran con los signos que Dios puso en el camino para guiarlos. Pídele a Dios que no te falte a ti esa misma apertura del corazón, ese deseo de encontrarle. Pregúntate si eres capaz de fiarte de Dios cuando no ves o no entiendes y seguir adelante confiando en su promesa, porque en esto se manifiesta especialmente el secreto de los magos. Y no olvides que a ellos les sirvió para encontrar a Cristo, ojalá te sirva a ti también.

El deseo de Dios, la nostalgia de Él, es lo que impulsa a buscarle, a salir de uno mismo, de la propia comodidad. Es lo que hizo salir a los magos y también lo que les guía. Es un auténtico GPS interior que marca siempre la ruta hacia Dios y que reconoce los signos que llevan a Él. Un GPS que, como sucede con los instrumentos de navegación que usamos cotidianamente, necesita estar actualizado. Y se actualiza con su propio ejercicio, con el uso, si no se queda anquilosado, incapaz de marcar la ruta. Es lo que le sucede a Herodes. Él tiene todo a favor para reconocer al Mesías, lo tiene mucho más fácil que los magos. Está familiarizado con las promesas del Antiguo Testamento, forma parte del pueblo elegido, incluso físicamente está apenas a unos pocos kilómetros del niño. Pero nada de eso le sirve porque en su corazón el deseo de Dios, la nostalgia de Él ha sido sofocada por su egoísmo. El GPS de Herodes está estropeado y solo apunta hacia sí mismo.

Pero no demonicemos a Herodes, no es distinto de ti y de mí. Si ha perdido esa capacidad de salir de sí, de abrirse a la acción de Dios, es por la vida que ha llevado, por el camino que ha elegido. Un camino que ha consistido no en buscar a Dios, sino en ponerse él en su lugar. Guárdate de no tomar tú esa senda. A ella suele llevar el mirar solo por uno mismo, es el camino del egoísmo, de perseguir únicamente el propio bienestar, el tener más. Por eso el Mesías salvador, aunque sea solo un niño, se le antoja a Herodes como una amenaza a su bienestar. Él no quiere que suceda nada, no quiere salvación, está bien como está, no hay nostalgia ni deseo de Dios en su corazón. Está adormilado, mortecino, y por eso el anuncio de la llegada de un salvador le descoloca y sobresalta. Pídele a Dios que el letargo que invadió a Herodes como una infección del alma nunca se apodere de la tuya.

Hay un detalle que no debemos pasar por alto. Los magos, después de encontrar al Niño y adorarlo y entregarle sus presentes, nos dice san Mateo que se retiraron a su tierra por otro camino (Mt 2, 12). El encuentro con Dios nos cambia, cambia el modo que tenemos de ver las cosas, de conducirnos por la vida. Ese volver por otro camino de los magos te indica cómo, en tu búsqueda de Dios, no solo sales de ti y te pones en marcha, sino que se da un proceso de cambio. La nostalgia de Dios, tu deseo de encontrarlo, si lo secundas, te cambia. Cambia tus planes, tus caminos, tu modo de mirar a las cosas y a las personas. No tengas miedo de que esto pueda suceder, no temas cambiar el camino. Los magos vuelven muy contentos, ya no necesitan la estrella porque llevan consigo el encuentro maravilloso con Cristo, el Niño Dios. Así el camino nuevo se hace más llevadero, más hermoso.

Volver por otro camino, y hacerlo cada día porque volvemos cambiados del encuentro con Jesucristo. ¡Qué cosa tan fantástica para pedirle a Dios con todo el corazón! Atrévete a hacerlo cada día.

San Mateo 2, 1-12

Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: –¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo. Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: – En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el Profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel». Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: –Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño, y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

Los números y los dedos



El hombre necesitó de los números cuando se planteó por vez primera la pregunta: «¿Cuántos hay?», hace muchos miles de años.

Supongamos, que una persona desea saber cuántas ovejas tiene, para estar segura de que no ha perdido ninguna. O explicar cuántos días han pasado desde el momento en que tuvo lugar cierto acontecimiento. O que quiere contar las personas extrañas que se aproximan a su campamento.

El hombre podía mostrar todas las ovejas que tenía de una vez, o mencionar cada oveja, una por una. Si una persona preguntaba cuántos días habían pasado desde la última vez que la tribu mató un oso, su interlocutor podía responder: «Un día, y otro, y otro, y otro, y otro». Un procedimiento bastante engorroso, en el que era fácil perder la cuenta.

Otra posibilidad sería hacer una comparación con algo. Así, podría observarse que junto al río había un bosquecillo formado por un árbol, y otro árbol, y otro, y otro, y otro. Por tanto, la respuesta también podría ser: «Desde la última vez que la tribu mató un oso han pasado tantos días como árboles hay en aquel grupo de allí».

Eso contestaría a la pregunta, porque mirando al bosquecillo, una persona podría hacerse una idea del tiempo que había pasado desde que cazaron el oso.

¿Pero tendría siempre el hombre la suerte de disponer de un grupo de árboles, flores, rocas o estrellas exactamente igual de numeroso que el grupo de cosas por el que se le preguntaba? ¿Podría señalar cada vez un grupo cercano y decir: «Tantos como esos»?

Sería bueno tener siempre a mano grupos de diferentes tamaños. De esa forma, cuando alguien plantease la pregunta «¿cuántos?» se le respondería señalando el más adecuado y diciendo «todos esos».

Casi cualquier persona que hubiese pensado en lo cómodo que resultaría disponer de esa clase de grupos, pensaría probablemente, a la vez, en los dedos de la mano. En efecto, nada está más cerca de uno que la propia mano.

Mírate las manos: cada una tiene un dedo, y otro dedo, y otro, y otro, y otro más. Puedes levantar la mano, enseñar los dedos y decir: «Desde que la tribu mató un oso por última vez han pasado tantos días como dedos tengo en la mano».

También puedes dar un nombre a cada dedo. Ahora llamamos pulgar al que puede separarse de los demás. A continuación del pulgar viene el índice, el siguiente es el corazón, el otro el anular y el último el meñique.

Puedes enseñar tantos dedos como quieras. Así, puedes levantar el índice mientras mantienes los demás doblados y decir: «Éste». O el índice y el corazón y decir: «Éstos». O todos los dedos de una mano y el índice de la otra diciendo: «Éstos», etcétera.

De todas formas, sería preferible no tener que levantar las manos para enseñar las distintas combinaciones de dedos, porque a lo mejor se esconde en ellas algo que no se quiere enseñar; o hace frío y no apetece exponer los dedos al viento helado; o es de noche y la otra persona no podría ver qué cantidad de dedos se le enseñan en la oscuridad.

Supongamos ahora que inventas una palabra para cada combinación de dedos. Por ejemplo: en lugar de levantar el índice y decir: «Éste», podrías decir «uno». De esta forma, en lugar de levantar el índice y decir: «Ésta es la cantidad de cuchillos que tengo», dirías simplemente: «Tengo un cuchillo». Y podrías decirlo con las manos en el bolsillo, o de noche, y todo el mundo te entendería.

¿Por qué se utiliza la palabra uno, precisamente, y no cualquier otra? Nadie lo sabe. Esa palabra se inventó hace tantos miles de años que nadie puede decir cómo fue. Empezó a usarse muchísimo antes de que se desarrollasen los actuales lenguajes europeos, y en cada uno de ellos se emplea una versión distinta del término, aunque todas son parecidas.

En español decimos uno; en inglés, el término equivalente es one, en francés un, en alemán ein, en latín unus, en griego monos. Todas estas palabras tienen la letra n, y todas proceden de un mismo vocablo original que se ha perdido definitivamente.

Pero no hay necesidad de preocuparse por la palabra original, ni por las utilizadas en otros idiomas: nos limitaremos a usar los términos españoles con los que estamos familiarizados.

A la combinación de los dedos índice y corazón la llamamos dos. Anular, corazón e índice hacen tres. Y tras éstos vienen cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez.

En lugar de extender todos los dedos de las dos manos y decir «todo esto es lo que tengo», se usa el término diez.

Una vez que el hombre se acostumbró a usar esas palabras, debió resultarle muy fácil responder a la pregunta «¿cuántos?» Podría decir: «Te vi hace seis días», «tráeme ocho leños para el fuego», o «dame dos flechas».

Supongamos que alguien arroja un manojo de flechas a tus pies y te dice: «Ahí dejo unas cuantas flechas, aunque no sé cuántas». Tú podrías contarlas; cogerías la primera y dirías: «Una»; levantarías otra para decir: «Dos». Si al separar la última has dicho «siete», es que había siete flechas. Como en total tienes diez dedos en las manos, dispones de diez palabras distintas para contestar a la pregunta «¿cuántos». Esas palabras se llaman números.

Pero no es raro encontrarse con un grupo de más de diez cosas. Supongamos que estás contando las flechas de que hemos hablado y que, después de decir «diez», observas que todavía quedan unas cuantas en el suelo. ¿Qué harías? Necesitarías más números. Si decides inventar nuevas palabras para esos números, llegarías pronto a un punto en el que te sería difícil recordarlas. Ya es bastante con tener que recordar diez números: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez.

Pero supongamos que se te ocurre un procedimiento razonable para hacer números nuevos con los que ya tienes. Así te resultaría más sencillo acordarte de los nuevos.

Por ejemplo: si una vez contadas las diez flechas observases que en el suelo queda una, podrías decir: «Hay diez y queda una». La palabra española once procede de la latina undecim, que significa uno y diez.

De la misma manera, doce corresponde a la palabra latina duodecim, dos y diez. Trece, catorce y quince tienen el mismo origen. A partir del dieciséis, la composición de los números es mucho más fácil de comprender: diez-y-seis, diez-y-siete, diez-y-ocho, diez-y-nueve. El número siguiente sería «diez-y-diez», es decir: «dos-dieces». En español, la palabra que designa ese número es veinte.

Después de veinte viene veintiuno, que equivale a «dos-dieces-y-un-uno». Y a continuación veintidós, veintitrés, etcétera, hasta veintinueve, que significa «dos dieces- y-un-nueve». El número siguiente sería «dos-dieces-y-un-diez», que equivale a «tres- dieces», que es, precisamente, el significado original de la palabra treinta.

Si seguimos formando números de esta forma llegaremos al treinta y nueve; el siguiente es cuarenta (cuatro-dieces). El mismo origen tienen cincuenta, sesenta, setenta, ochenta y noventa.

Llegamos así al noventa y nueve, que es «nueve-dieces-y-un-nueve». El siguiente será «diez-dieces». Cada vez que llegamos a reunir diez cosas iguales, inventamos una nueva palabra (recuerda que el número diez debe su importancia a que ése es el número de los dedos de las dos manos). Por esa razón a «diez-dieces» lo llamamos cien; este término procede de una palabra antiquísima que hace mucho que no se usa.

Podemos seguir creando número cada vez mayores y hablar de ciento uno, ciento once, ciento treinta y tres o ciento sesenta y ocho. El que sigue a ciento noventa y nueve es el doscientos.

Más adelante llegará el trescientos, luego el cuatrocientos, y así sucesivamente. Al llegar a diez cientos necesitaremos otra palabra nueva, que en español es mil. Con ella formaremos los números dos mil, tres mil, etcétera.

Hay palabras para designar números todavía más grandes, pero han sido inventadas en los tiempos modernos. Antiguamente casi nunca era necesario pasar del término mil y, por tanto, nos detendremos aquí.